ACTO I · La línea de salida
Hay una idea que, curiosamente, casi todo el mundo acepta cuando hablamos de dinero.
Si una persona nace en una familia que puede garantizarle estabilidad económica, estudios, un entorno seguro, contactos, tiempo para formarse y la tranquilidad de saber que, si algo sale mal, tendrá un techo y un plato de comida esperándole, nadie se sorprende de que su camino hacia el éxito pueda resultar, en algunos aspectos, más sencillo.
Eso no significa que no tenga que trabajar duro.
La disciplina, la constancia y el esfuerzo siguen siendo imprescindibles.
Pero también entendemos que partir desde una base sólida permite dedicar toda esa energía a construir, mientras que quien nace en un contexto precario primero tiene que invertir años simplemente en compensar sus carencias antes de poder empezar a crecer.
En otras palabras: ambos pueden llegar muy lejos, pero no empiezan la carrera desde la misma línea de salida.
Y esto, curiosamente, casi nadie lo discute.
Es algo que, simplemente, se sabe.
Sin embargo, cuando cambiamos de tema y hablamos de salud, parece que esa capacidad de comprender las diferencias individuales desaparece.
De repente damos por hecho que lo que funciona para una persona debería funcionar exactamente igual para otra.
Como si dos organismos completamente distintos respondieran igual al mismo entrenamiento.
Como si dos mujeres con historias metabólicas opuestas pudieran recorrer exactamente el mismo camino obteniendo los mismos resultados.
Como si diez mil pasos significaran lo mismo para una mujer con un metabolismo sano que para otra con resistencia a la insulina, obesidad, inflamación crónica o años de sedentarismo.
Como si empezar un programa de entrenamiento de fuerza fuera el mismo punto de partida para una mujer que únicamente desea definir unos pocos kilos de grasa subcutánea que para otra que convive con obesidad sarcopénica, grasa visceral, infiltración grasa en el músculo y un metabolismo profundamente alterado.
No son la misma situación.
Y, sin embargo, muchas veces reciben exactamente el mismo consejo.
“Camina tus pasos.
Entrena una rutina de fuerza.
Tranquila. Dale tiempo. Todo irá sucediendo.”
…
Entonces ocurre algo muy doloroso.
No todos lo saben.
Tú y yo sí, ¿verdad?
Una mujer con una base metabólica saludable empieza a entrenar, lleva una alimentación relativamente flexible y, en pocos meses, observa cambios que refuerzan su motivación.
Mientras tanto, otra mujer sigue exactamente las mismas recomendaciones y, meses después, apenas reconoce avances.
No porque sea menos disciplinada.
No porque tenga menos fuerza de voluntad.
Sino porque estaba intentando recorrer el mismo camino partiendo desde un lugar completamente diferente.
Y nadie se tomó el tiempo de explicárselo.
Nadie le puso nombre a aquello que estaba viviendo.
Nadie le dijo que comprender el punto de partida no es una forma de resignarse, sino el primer paso para encontrar la estrategia adecuada.
Porque solo podemos resolver un problema cuando entendemos realmente cuál es.
Y quizá ahí es donde empieza realmente esta historia.
NUESTRA HISTORIA.
ACTO II · Las grandes olvidadas
Durante años hemos intentado construir mensajes universales para proteger a las personas de los excesos y de las falsas promesas de la cultura de la dieta.
Y era necesario.
Veníamos de una época en la que las revistas prometían perder ocho kilos en una semana con la dieta de la piña, se demonizaban alimentos sin ningún fundamento y la salud quedaba relegada a un segundo plano frente a la obsesión por la delgadez.
Era lógico que la respuesta fuera apostar por un enfoque más flexible, más humano y más respetuoso con la salud mental.
Y ese cambio ha ayudado a muchísimas personas.
Pero quizá, en el intento de alejarnos de un extremo, hemos olvidado que existe un pequeño grupo de mujeres para las que los mensajes universales nunca terminaron de funcionar.
Las grandes olvidadas.
Las mujeres que hacen exactamente lo mismo que sus amigas y, aun así, engordan con facilidad.
Las que viven con una resistencia a la insulina, un síndrome de ovario poliquístico, una alteración metabólica, una enfermedad inflamatoria o simplemente una respuesta fisiológica muy distinta.
Las que llevan años escuchando frases como:
«Es que no te cuidas.»
«Seguro que comes más de lo que dices.»
«Todos podemos adelgazar si queremos.»
Como si la única explicación posible fuera la falta de voluntad.
Y no.
La realidad clínica es mucho más compleja.
Lo que necesitaban estas mujeres no era más culpa.
Ni más fuerza de voluntad.
Ni que alguien les repitiera una vez más que «todo cabe con moderación».
Lo que necesitaban era comprender que su punto de partida era diferente y que, precisamente por eso, su estrategia también tenía que ser diferente.
Porque aceptar quién eres no significa renunciar a mejorar.
Amarse a uno mismo no debería implicar abandonar el deseo de cuidar la propia salud.
Al contrario.
Quizá la mayor muestra de amor propio sea precisamente esa: dedicar el tiempo necesario para entender qué necesita tu cuerpo, aunque la respuesta no sea la misma que necesita el de la persona que tienes al lado.
Quizá nosotras, las «rellenitas», lo que necesitamos empezar a decirnos con más fuerza es:
«Desde que dejé de intentar que mi cuerpo encajara en las reglas de otros y empecé a entender el mío, logré el éxito con mi cuerpo y con mi salud. Logré sentirme bien en el cuerpo que habitaba.»
ACTO III · ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
También creo que es importante entender el contexto.
No creo que el cambio de discurso de los últimos años haya surgido porque sí.
Veníamos de una época en la que la nutrición estaba llena de mensajes profundamente dañinos.
Las revistas prometían perder ocho kilos en una semana con la dieta de la piña.
Se demonizaban alimentos sin ningún fundamento.
Las personas eliminaban grupos enteros de alimentos simplemente porque estaban de moda.
Las dietas se construían más sobre el miedo a la comida que sobre la fisiología.
Y la delgadez se presentaba como un objetivo absoluto, independientemente del precio físico o psicológico que hubiera que pagar para alcanzarla.
Era lógico que, después de aquello, surgiera un movimiento que quisiera poner el foco en la salud mental, en abandonar las restricciones innecesarias y en dejar de convertir la alimentación en una fuente constante de culpa.
Creo que ese cambio era necesario.
Y ha ayudado a muchísimas personas.
Pero quizá, en ese intento de alejarnos de un extremo, hemos corrido el riesgo de acercarnos demasiado al otro.
Porque una cosa es rechazar las restricciones absurdas, arbitrarias o basadas en pseudociencia.
Y otra muy distinta es transmitir la idea de que cualquier restricción alimentaria es, por definición, perjudicial.
La realidad clínica no funciona así.
Hay restricciones que nacen del miedo.
Y hay restricciones que nacen del conocimiento.
Hay personas que eliminan alimentos porque una revista se lo dijo hace veinte años.
Y hay personas que lo hacen porque existe una justificación fisiológica, una enfermedad, una alteración metabólica o una evidencia científica que respalda esa decisión.
Meter ambas situaciones en el mismo saco sería tan simplista como pensar que todas las dietas son iguales.
La nutrición clínica no consiste en restringir por restringir.
Consiste en preguntarse, con la mayor honestidad posible:
¿Qué necesita este organismo concreto para recuperar su salud?
Y la respuesta no siempre será la misma.
Porque tampoco todos los cuerpos lo son.
La nutrición basada en la evidencia no consiste en demostrar que todos los cuerpos responden igual, sino en reconocer cuándo dejan de hacerlo.
ACTO IV · Mi historia
Durante años escuché la misma frase una y otra vez.
«Es que si entrenas no puedes quitar los carbohidratos. Son la principal fuente de energía.»
Y probablemente esa afirmación sea cierta para muchas personas.
Pero yo nunca encontré esa energía prometida.
Lo que encontraba era otra cosa.
Me sentía más hinchada.
Tenía siempre más hambre y ansiedad.
Me costaba muchísimo controlar el apetito.
Mi composición corporal no mejoraba. Nunca.
Ni entrenando cinco días a la semana rutinas de hipertrofia perfectamente diseñadas. Ni haciendo mi cardio.
Y, sobre todo, sentía que mi cuerpo no respondía como parecía responder el de quienes me daban esos consejos.
Durante mucho tiempo pensé que el problema era yo.
Así que seguí insistiendo.
Porque, si todo el mundo decía que los carbohidratos eran imprescindibles para entrenar, tendría que acostumbrarme, ¿no?
Y me forcé.
Porque todos decían que se podía.
Yo aplicaba.
Pero no lo veía…
Y lo que sí veían eran juicios sobre mi proceso.
Desde el 5 de octubre de 2017, el día que me compré mi primer set de mancuernas para empezar a entrenar en mi habitación, no he dejado de entrenar hipertrofia muscular ni un solo año.
Entrenaba.
Leía.
Probaba.
Escuchaba.
Aplicaba.
Y volvía a empezar.
Pero los años pasaban y la sensación era siempre la misma: estaba intentando adaptar mi cuerpo a una estrategia que no parecía adaptarse a él.
Con el tiempo comprendí algo que cambió por completo mi forma de entender la nutrición.
No necesitaba encontrar la dieta que funcionaba para la mayoría.
Necesitaba encontrar la que funcionaba para mí.
Pero casi que tuve que hacerlo en secreto. Porque cuando se me ocurría contar que a veces entrenaba en ayunas o que reducía mis carbohidratos al mínimo y que había observado durante años que cuando hacía eso es cuando más avanzaba.
La gente se me echaba al cuello. Casi a morderme la yugular.
Porque se ve que en alguna temporada los “keto fans” dejaron ese estilo de vida con muy mala fama.
Y con una sensación en la población general de que quitarte algunos alimentos te va a llevar a un TCA casi seguro…
Mirándome con ojos casi inyectados en sangre.
Por suerte fui ganando autoestima.
Aprendí que es mejor callar si sabes lo que te hace bien a ti y cubre tus necesidades.
Y cuando dejé de intentar encajar en un mensaje universal y empecé a observar cómo respondía realmente mi organismo, muchas piezas empezaron a tener sentido.
Quizá habría tardado mucho menos en completar mi cambio físico si hubiera confiado antes en esas señales.
No porque los carbohidratos sean malos.
Ni porque esté diciendo que todo el mundo deba eliminarlos.
Sino porque mi contexto fisiológico en aquel momento parecía estar diciéndome que esa no era la estrategia más adecuada para mí.
Y creo que esa es una reflexión que merece hacerse con más frecuencia.
Ojalá hubiera tenido el valor de decirle a más de uno:
“Si tú amigo/a mío/a eres feliz comiéndote tu arroz, te sientes saciado/a y vas viendo resultados. Hazlo amigo/a. Pero no me fuerces a mí, me demonices por no comerlo y encima intentes convencerme de que si hago lo mismo llegarán los resultados igual que a ti. Porque somos personas distintas con cuerpos distintos.”
Qué poco amor propio tenía.
En lugar de plantarme y escucharme a mí misma.
A veces escuchamos tanto lo que «debería» funcionar, que dejamos de prestar atención a lo que realmente está ocurriendo en nuestro propio cuerpo.
Y quizá ese haya sido uno de los mayores errores de la nutrición moderna.
Intentar encontrar una única respuesta para organismos profundamente diferentes.
ACTO V · Nutrición clínica y nutrición deportiva no persiguen el mismo objetivo
Y quizá ahí es donde la nutrición clínica tiene algo importante que aportar.
Aquí es donde muchas veces mezclamos conceptos.
La nutrición deportiva suele trabajar con personas sanas que buscan optimizar el rendimiento, mejorar la composición corporal o aumentar la masa muscular.
La nutrición clínica, en cambio, parte de una pregunta completamente distinta.
¿Qué necesita este organismo concreto para recuperar o mantener su salud?
Y esa diferencia cambia absolutamente todo.
Porque cuando existe una enfermedad, una alteración metabólica o una respuesta fisiológica concreta, la alimentación deja de ser únicamente una herramienta para cambiar el peso y pasa a convertirse en parte del tratamiento.
En esos casos puede ser necesario reducir u omitir determinados alimentos durante un tiempo.
No porque esos alimentos sean «malos».
No porque exista una lista universal de alimentos prohibidos.
Sino porque ese organismo, en ese momento, no responde igual.
Y aquí es donde creo que muchas veces dejamos de entendernos.
Cuando una persona escucha que, en determinados casos, puede ser útil restringir temporalmente ciertos alimentos, interpreta que alguien está defendiendo volver a la cultura de la dieta y que estamos fomentando los TCA.
Y no.
No estamos hablando de restricciones nacidas del miedo.
Estamos hablando de intervenciones estratégicas nacidas del conocimiento.
No es lo mismo eliminar alimentos porque una revista prometía perder ocho kilos en una semana.
Que hacerlo porque existe una alteración metabólica concreta que justifica una estrategia distinta durante una fase determinada del proceso.
Son conversaciones completamente diferentes.
Por eso creo que el verdadero debate nunca debería ser si una dieta es más flexible o más restrictiva.
La verdadera pregunta debería ser otra.
¿Qué necesita esta persona, en este momento de su vida, para recuperar su salud?
Porque quizá ahí resida la mayor diferencia entre la nutrición deportiva y la nutrición clínica.
La primera suele preguntarse cómo optimizar un organismo que ya funciona relativamente bien.
La segunda intenta comprender cómo ayudar a un organismo que lleva años intentando funcionar con herramientas que quizá nunca fueron las adecuadas para él.
Y esa diferencia cambia completamente la manera de entender la alimentación.
No se trata de defender una filosofía alimentaria.
Se trata de encontrar la herramienta adecuada para la persona adecuada, en el momento adecuado.
Porque tratar igual a todos los organismos no siempre significa ser justos.
A veces significa ignorar precisamente aquello que hace único a cada uno de ellos.
ACTO VI · Cuando la flexibilidad deja de ser terapéutica y, paradójicamente, se convierte en un atentado y autosabotaje al amor propio
Hubo una época en la que parecía completamente lógico pensar que, si una persona quería adelgazar, tendría que limitar determinados alimentos.
Dulces.
Refrescos.
Bollería.
Ultraprocesados.
No era un castigo.
Era una consecuencia natural de perseguir un objetivo.
Sin embargo, en los últimos años el mensaje ha cambiado.
Ahora parece que todos deberíamos poder conseguir exactamente los mismos resultados comiendo absolutamente de todo.
Que cualquier restricción es innecesaria.
Que basta con la moderación.
Y ojalá… fuera así para todo el mundo.
Porque sí, existe un enorme porcentaje de personas que pueden llevar una alimentación flexible, incluir un trozo de tarta el fin de semana, salir a cenar con amigos o comer un helado de vez en cuando sin que eso suponga un problema ni físico ni mental.
Pero…
¿qué ocurre con las otras?
Las grandes olvidadas.
Las mujeres que hacen exactamente lo mismo que sus amigas y, aun así, engordan con facilidad.
¿O frenan sus procesos justo cuando estaban entrando en flow?
Las que viven con una resistencia a la insulina, un síndrome de ovario poliquístico, una alteración metabólica, una enfermedad inflamatoria o simplemente una respuesta fisiológica distinta.
Las que llevan años sintiendo que el problema son ellas.
Porque una estrategia que funciona para la mayoría parece no funcionar nunca para su cuerpo.
Y ahí aparece una paradoja de la que casi nadie habla.
Existe una idea muy extendida de que restringir alimentos siempre aumenta el riesgo de desarrollar una mala relación con la comida.
Y, efectivamente, en muchas personas una restricción innecesaria, rígida o basada en el miedo puede acabar teniendo consecuencias psicológicas importantes.
Pero…
¿qué ocurre cuando sucede exactamente lo contrario?
¿Qué ocurre cuando una persona lleva años intentando aplicar una alimentación completamente flexible porque le han dicho que es la única forma sana de comer, y aun así su cuerpo no responde?
Cada nuevo intento termina igual.
Hace todo «como se supone que debe hacerse».
Come de todo.
No prohíbe alimentos.
Sale a comer con amigos.
Disfruta del postre sin culpa.
Y, sin embargo, su composición corporal empeora.
Sus analíticas no mejoran.
Sus antojos siguen siendo constantes.
O continúa sintiendo que vive luchando contra su propio cuerpo.
Al principio piensa que necesita más paciencia.
Después cree que le falta disciplina.
Y con el tiempo acaba convencida de que el problema es ella.
Entonces se desespera y acaba desarrollando un TCA por precisamente haber llegado al punto de desesperación de ya no saber ni qué hacer.
Porque cuando una estrategia funciona para la mayoría y no funciona para ti, es muy fácil asumir que eres tú quien está haciendo algo mal.
Ahí es donde empieza un sufrimiento del que casi nunca se habla.
No es el sufrimiento de quien se restringe demasiado.
Es el sufrimiento de quien lleva años esforzándose por hacer «lo correcto» sin obtener nunca los resultados que le prometieron.
Y esa sensación de fracaso constante puede generar ansiedad.
Culpa.
Desesperanza.
E incluso síntomas depresivos.
Entonces aparece una pregunta incómoda.
¿Y si el problema nunca fue esa mujer?
¿Y si simplemente estaba utilizando una estrategia diseñada para un metabolismo que no era el suyo?
Curiosamente, muchas personas piensan que restringir determinados alimentos empeora siempre la salud mental.
Pero en determinados casos ocurre exactamente lo contrario.
Imagina a una mujer que lleva diez años intentando comer «de todo con moderación».
Cada lunes empieza de nuevo.
Cada viernes siente que ha vuelto a fallar.
Cada revisión médica confirma que continúa ganando peso.
Cada intento termina con la sensación de que el problema es ella.
Y un día alguien le propone una estrategia distinta.
Una estrategia adaptada a su realidad clínica.
No basada en el miedo.
No basada en la culpa.
No basada en prohibiciones arbitrarias.
Sino basada en comprender cómo está funcionando realmente su organismo.
Y, por primera vez en muchos años…
Disminuyen los antojos.
Desaparece esa sensación de hambre permanente.
Deja de negociar consigo misma en cada comida.
Empieza a notar tranquilidad.
No vive pendiente de cuándo podrá volver a comer.
No siente que cada decisión sea una batalla.
Y recupera algo que hacía mucho tiempo que había perdido.
La confianza.
Paradójicamente, algunas de estas personas recuperan su bienestar psicológico cuando dejan de perseguir una flexibilidad que nunca funcionó para ellas y comienzan a seguir una estrategia adaptada a su realidad metabólica.
No sienten que estén perdiendo libertad.
Sienten que, por primera vez, dejan de pelearse con su cuerpo.
Y quizá ahí reside una de las reflexiones más importantes de todo este artículo.
El amor propio también es entender que el mensaje de “todo con moderación” puede funcionar para unos y para otros no cuando estás buscando un cierto objetivo.
La salud mental no siempre consiste en poder comer absolutamente de todo.
En ocasiones, la salud mental consiste en dejar de sentir que cada día es una batalla contra un cuerpo que parece responder con reglas diferentes a las del resto.
Por eso la nutrición clínica no puede reducirse a mensajes universales.
El objetivo no es demostrar que una filosofía alimentaria es superior a otra.
El objetivo es encontrar la intervención que mejor funcione para la persona que tiene delante.
Y eso significa aceptar una realidad incómoda.
Que dos personas pueden necesitar estrategias completamente distintas para alcanzar exactamente el mismo objetivo de salud.
Quizá la verdadera salud mental no consiste en que todas las personas puedan comer de todo.
Quizá consiste en dejar de obligar a todos los cuerpos a seguir la misma estrategia.
Estuvo bien durante una temporada cancelar la cultura de las dietas basada en la restricción de alimentos por llevar a las mujeres a restricciones a veces absolutamente injustificadas.
Porque hay mujeres que recuperan su paz cuando aprenden a flexibilizar.
Pero también hay mujeres que recuperan su paz cuando, por fin, encuentran una estructura alimentaria que hace que su cuerpo deje de luchar contra ellas.
La nutrición no debería consistir en buscar una única filosofía válida para todo el mundo.
Debería consistir en encontrar la estrategia que mejor funciona para cada persona.
Habrá quien pueda desayunar un croissant un martes y continuar con su vida sin ninguna consecuencia.
Y habrá quien necesite evitar ciertos alimentos porque, simplemente, su cuerpo responde de otra manera.
Ninguna de las dos personas está haciéndolo mejor.
Solo están respondiendo a realidades biológicas diferentes.
Quizá el verdadero error no fue pensar hace años que algunas personas necesitaban restringir determinados alimentos.
Quizá el error sea creer ahora que todos los organismos funcionan exactamente igual.
Y cuando olvidamos eso, dejamos solas precisamente a las personas que más ayuda necesitan.
El verdadero aprendizaje que me ha dejado todo este camino es que la igualdad no consiste en tratar igual a personas que parten de situaciones diferentes.
Y eso sirve para la nutrición.
Pero también para la educación.
Para el deporte.
Para la economía.
Para la medicina.
Para la psicología.
Es un principio que atraviesa prácticamente cualquier aspecto de la vida.
Si hoy pudiera viajar al pasado y sentarme a hablar con aquella Gaby que un día decidió cambiar su cuerpo, que escuchó todos los consejos posibles y probó prácticamente todas las estrategias que parecían funcionar a los demás, solo le diría una cosa:
«Deja de intentar que tu cuerpo encaje en un método que nunca fue diseñado para él. Porque aunque haya verdad en que ese camino te puede llevar a ese objetivo, si tu moral se cae por el camino y lo dejas por sentir que no ves resultados y pierdes la fe en ti misma, ¿de qué sirve?»
Hoy estoy convencida de que habría llegado al cuerpo y a la salud que tengo hoy en una décima parte del tiempo.
Si me hubiera sabido dar más auto validación.
Si hubiera tenido el coraje de aplicar lo que yo sentía que era estrictamente necesario aplicar en mi cuerpo aunque a muchos les chirriara porque mi filosofía chocaba con sus demonios internos.
Y no lo habría conseguido más rápido sólo porque me hubiera esforzado más.
No porque hubiera tenido más fuerza de voluntad.
Sino porque, por fin, habría entendido desde qué punto estaba empezando realmente.
Habría hecho un gran ejercicio de amor propio: darme el lugar que me merezco y entender que mis necesidades específicas para mi tipo de cuerpo también son importantes.
Y habría entendido que soy un ser humano, con una fuerza moral determinada, que si la dejas extenderse en el tiempo a veces se cae y uno se rinde.
Porque sientes que no ves la luz al final del túnel nunca.
Todo por aplicar lo que es moralmente correcto en el mensaje predominante de la actualidad y que ante cualquier intento de controlar lo que uno come ya a todo se le llama TCA.
Estuvimos en el extremo de las restricciones absurdas para perder peso a cualquier precio.
Y nos fuimos al extremo de la flexibilidad donde se asume que todas pueden conseguirlo equilibradamente.
A demonizar el control.
El control fue la herramienta de autodestrucción de una chica que desarrolló una anorexia.
Pero el control fue mi cura. Fue la herramienta de sanación que salvó mi cuerpo del caos.
De la misma manera que un bisturí puede ser una herramienta en manos de un maleante o una herramienta que te repara en manos de un cirujano.
Cuando escucho tan fuertemente el mensaje del «todo se puede que sí llegas igual» y no saben que existimos una pequeña porción que, qué más quisiéramos pero… no ves que no…
Me gustaría decirle: ¿Tú te recuerdas que la moral a veces tiene fecha de caducidad?
¿Alguien sabe que las mujeres con obesidad tienen patrones psicológicos en los que empiezan procesos hiper motivadas pero les decae la moral rápido? ¿Que muchas mujeres obesas son mujeres con altas capacidades intelectuales y que de ahí se explica su facilidad para haber adquirido el hábito del sedentarismo?
¿Alguien sabe que a veces la cara oscura de las altas capacidades intelectuales es el déficit de atención?
Qué va. Parece que nadie conoce nuestras mentes. Y se nos pauta lo mismo que a todas: camina tus pasos, unos días de fuerza, come de todo con moderación…
Que somos mujeres altamente capaces pero que precisamente por eso a veces desviamos toda nuestra energía masculina a arreglarle la vida a todos y estar para todos y para todo menos para nosotras mismas y nuestro auto cuidado.
Por eso la herida de infancia de la mujer obesa es la del abandono.
Auto abandono.
Y una incapacidad absoluta de reorientar nuestra energía masculina hacia hacer lo que tenemos que hacer: disciplina, estructura y control.
Es una mujer que trae estructura y control a todo su entorno, menos a ella.
Para ella… para ella se reserva el caos.
…
Así que sí, que hay muchos/as que consiguen completar su proceso sin dejar de comerse su galleta favorita absolutamente todos los días.
Bien por ellos/as.
Nunca fue mi caso.
Ni el de muchas que primero necesitan una reparación de raíz.
Porque hay mujeres que no necesitan escuchar una vez más que «todo cabe con moderación».
Lo que necesitan es que alguien les explique por qué ellas sienten que, haciendo exactamente lo mismo que otras personas, su cuerpo responde de una manera completamente distinta.
Y que sí hay salida para ellas.
Pero necesitan una intervención nutricional y deportiva que entienda su contexto metabólico.
Que se atreva a pensar fuera de la caja cuando las herramientas convencionales llevan años sin funcionar.
Y, sobre todo, que comprenda también el cerebro que suele esconderse detrás de ese cuerpo.
Porque muchas de nosotras no empezamos este camino siendo mujeres seguras de sí mismas.
Empezamos siendo mujeres que llevaban años sintiéndose juzgadas.
Mujeres convencidas de que estaban así porque eran unas grandes comedoras.
Porque no tenían disciplina.
Porque no sabían cuidarse.
Y muchas veces esa no era la realidad.
La realidad era mucho más sencilla y mucho más dolorosa al mismo tiempo.
Nadie nos había enseñado todavía cuáles eran las claves que nuestro cuerpo necesitaba.
Si mientras leías este artículo has sentido que, por primera vez, alguien estaba describiendo exactamente lo que tú llevas años viviendo, quizá te interese leer la siguiente entrada del blog:
👉 ¿Tienes síndrome metabólico y no lo sabes? Haz este test.
Quizá descubrir tu verdadero punto de partida sea el primer paso para dejar de culparte y empezar, por fin, a construir una estrategia pensada para ti.
Fitness Real para Chicas Reales es la gran creación de mi vida, con todo el amor de mi corazón para ti, que estás leyendo este texto.
Porque da una rabia inexplicable ver como una persona se come su paquete de galletas favoritas y parece que ni lo tocó al día siguiente.
Como si esas galletas se hubieran ido a un limbo a otra galaxia.
Y que tú haces lo mismo y, de repente, misteriosamente de un día para otro te hinchaste como Michelín.
Yo te puedo llevar a construir un cuerpo donde un día tu galleta favorita por fin tenga cero impacto en ti.
Y te conviertas en esa persona que se la come y parece que la mandó a otra galaxia.
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