No esperaba escribir este artículo.

De hecho, hace una hora estaba buscando algo tan simple como una muestra de proteína.

Me había dejado el batido en casa.

Me faltaban exactamente 60 gramos de whey para terminar el día.

Entré pensando que estaría dentro dos minutos.

No sabía que iba a salir preguntándome si realmente valía para dedicarme a esto. Al fitness.

Porque eso es lo que pasa cuando alguien consigue tocar una herida que lleva años abierta.

Entré feliz con mi shaker en la mano.

Uno de una marca que a veces no tiene muy buena fama por vender productos de “baja calidad”.

Porque hay épocas en las que económicamente prefiero priorizar unas cosas sobre otras.

A veces he preferido tener producto comprado antes que perfecto. Y si no me sienta mal, no pasa nada. No me parece que se acabe el mundo.

Y, además, es que creo que la suplementación es exactamente eso.

Suplementación.

No el centro de mi alimentación. Ni lo va a ser.

No es que pretenda vivir mi vida a base de whey para siempre.

Entonces, le pregunté al dependiente si vendía muestras.

No tenía, así que me ofreció un par de cazos de la suya. Por ahí confieso que fue amable y quizás por eso luego me vi comprometida a seguir mostrando mi mejor cara.

Pero, entonces empezó.

“¿Llevas shaker?” Me dijo.

“Sí” Le respondí.

Y aquí fue donde empezó todo el origen del mal…

“Anda no me digas que compras la suplementación EN ESA MARCA…” Dijo él con mala cara.

“Sí…” Dije bajito.

Y bastó esa respuesta para que, sin conocerme absolutamente de nada, ya hubiera decidido quién era yo.

La chica que no sabía.

La chica que necesitaba un preparador.

La chica que hacía las cosas mal.

Así que intentó venderme sus servicios.

“Antes de comprar suplementos te recomendaría que contrataras un buen preparador que te lleve” Me dijo.

Asumiendo que por mis elecciones y, seguramente, por mi cuerpo, yo era una persona que parecía necesitar ayuda.

Yo sonreí. Le escuché pacientemente. Y después le dije algo que pocas veces digo:

“¿Y si te dijera que mi propia preparadora soy yo misma?”

Le expliqué que soy dietista.

Que también soy entrenadora.

Que llevo nueve años estudiando mi propio caso. 

Y así como he conseguido mi transformación he ayudado a otras chicas como yo.

Que durante años, a pesar de haber contado con la ayuda de algunos preparadores, finalmente he acabado llevando mi propio proceso.

Porque, una y otra vez, cuando acababa confiando en otra persona que no fuera yo misma, sentía que algo seguía fallando. Que no me entendían, que no sabían llevarme.

Así que me tuve que convertir en esa persona que yo necesitaba.

No me quedó más remedio que volverme experta en casos como el mío.

Pensé que eso despertaría curiosidad.

Pensé que preguntaría.

Pensé que, quizá, por una vez alguien del sector me diría:

“Cuéntame.”

Pero no.

Qué va.

Casi se burló.

“Ah, ahora está de moda decir eso, que estás especializado EN ALGO” Dijo.

Como si fuera mentira que no todos somos iguales.

Que no todos tenemos las mismas vidas.

Que no todos tenemos los mismos enredos internos.

Si supiera él y todos los preparadores como él que yo no me he hecho precisamente experta sólo en dietas y entrenamientos, sino en cómo adaptar el conocimiento sobre nutrición y entrenamiento a una psique de una mujer que está buscando sabotearse todo el rato.

Y que esa mujer, en verdad, en su deseo interno quiere conseguirlo.

Pero su sistema nervioso busca la forma de sabotear su deseo.

Así que me tuve que convertir en la maga de jugar esta carta y esta otra carta.

Para ganarle el juego al sistema nervioso.

Muchas veces teniendo que tomar decisiones que para un amplio espectro de la población “no es lo óptimo”.


A veces me quedo pensando: qué sabrán ellos sobre qué es lo óptimo.

Si en mujeres como nosotras lo que es óptimo es saber jugar las cartas contrarreloj contra una mente que se cree que es imposible para ella estar sana y tener un cuerpo atlético.

En fin.

Cada frase que yo decía se convertía en otra oportunidad para demostrarme que él sabía más.

Sacudía la cabeza como negando: “No hay tal cosa como casos y especialización en UN TIPO DE MUJER.”

Como dando por hecho que los principios que aplican a uno aplican a todos.

Y sí, razón no le falta.

Pero aunque las cartas sean las mismas el modo de jugarlas en cada persona NO LO ES.

Y yo le dije que no se conocen tantas mujeres que menstrúan de forma constante durante días y días seguidos sin parar. Y que así estaba yo cuando empecé. 

Con un trastorno hormonal grave, el hígado mal, la tiroides mal.

Y con una profunda depresión.

Le enseñé una foto de dónde venía.

La barriga que llegué a tener, con la piel totalmente rota, 130 cm de perímetro, barriga como de mujer embarazada… pero de pura grasa. 

Y ese nivel de barriga la mantuve durante unos años, no como una embarazada que se le distiende “apenas” 5 o 6 meses.

Para el colmo de mi inocencia, con orgullo le enseñé cómo tengo hoy la piel del abdomen.

A día de hoy tengo el abdomen del cuál me siento más orgullosa que nunca en toda mi vida. 

Aunque no sea perfecto.

Le expliqué que hubo un momento en el que prácticamente todos los cirujanos me daban por inevitable derivarme a una abdominoplastia para arreglar esa piel.

Y que yo había conseguido lo que hoy tenía a base de mucho esfuerzo y buena letra.

Y él… me miró con horror.

Su respuesta fue decirme que, si me hubiera llevado él, no me habría quedado la piel así.

Ni una sola pregunta.

Ni un solo interés por saber cómo había llegado hasta allí.

Solo una sentencia.

Y encima, para demostrarme que él era bueno pegando la piel al abdomen sin dejar la piel suelta…

¡Me enseña la foto de UN HOMBRE que tenía un poco de barriguita con algo de grasa y cómo consiguió sacarle abdominales…!

Le dije:

“Perdóname, pero eso que me enseñas no tiene NADA que ver con el punto de barriga que yo te estaba contando. A una persona con obesidad se le rompe la piel casi para siempre. No se recoge igual.”

Entonces llegó la frase que terminó de romperme.

Le conté que ha habido veces que he resubido de peso como en pandemia. 

Y que las veces que he resubido de peso, no me ha parecido mal del todo.

Porque como nunca he parado de entrenar, sólo significaba que recuperaba masa muscular.

Y que aunque en pandemia estuve más parada, aún así hice las cosas.

Entrené.

Compré material.

Me gasté miles de euros intentando no perderme.

Y aún así subí cuatro kilos.

Porque la realidad es que una persona como yo cuando no mantiene un nivel de actividad alto se sube enseguida y yo estuve más parada de la cuenta.

¿Su respuesta?

“Todo eso que me cuentas sólo son excusas. Yo tuve un chico que subía y bajaba escaleras.”

Entonces le dije:

“¿Qué te hace pensar que yo no hice exactamente lo mismo…?”

Porque ese es el problema de hablar demasiado pronto.

Que la otra persona ya no escucha para comprenderte.

Escucha para confirmar la idea que ya tenía sobre ti.

Y, sin darme cuenta, desde el momento en que ya había recibido la dosis de whey por la que entré, había vuelto a repetir un patrón que llevo años haciendo.

Ya que por culpa de no haber tenido el cuerpo perfecto a veces yo misma he dudado de mi conocimiento como profesional del fitness.

Había comenzado a sobreexplicarme para sentirme validada.

Le enseñé fotos.

Le hablé de las decenas de archivos Excel en las que he controlado de manera minuciosa todo mi camino. Porque me encanta. Porque soy ingeniera y me ha encantado la experiencia de hacer ingeniería en mi propio cuerpo.

Le hablé de mi historia.

Y de las más de 8.000 fotos en mi galería donde he registrado todo mi proceso en estos nueve años.

Intenté convencerle.

Intenté demostrarle que sabía.

Pero cada cosa que le mencionaba en lugar de pararse a pensar:

“Quizás esta persona tiene sus motivos para decidir esta elección.”

Él sólo pensaba:

“Todo mal… por eso has tardado nueve años y estás como estás…”

Tuve ganas de decirle:

“¿Sabes que cuando yo inicié mi camino estaba en profunda depresión? ¿Sabes lo difícil que es para una mujer con depresión pedirle que haga 10.000 pasos o que levante una barra de 20 kg? ¿Sabes lo difícil que es que cuando comienzo a salir de esa depresión me diagnostican un cáncer? ¿Sabes lo que es haber hecho todo lo que he hecho con casi cinco mudanzas de por medio?”

Todo eso me recordó por qué en algún momento paré todo en FRPCR.

Y decidí que este proyecto se iba a afrontar más desde el plano psicológico. Y que íbamos a hacer las cosas soberanamente imperfectas a nivel dieta y entrenamiento a ojos de todos los del mundillo fitness.

Pero que nosotras y sólo nosotras sabríamos lo que hacíamos. Y sabríamos que para nosotras estaba bien y estaba perfecto. Porque sólo nosotras sabíamos lo que se movía en nuestra cabeza.

Y que por eso hoy en día gracias a Dios estoy preparándome para entrar en Medicina y ser Psiquiatra.

Así que dándome cuenta de su falta de empatía, finalmente, no dije nada…

Porque, de repente, entendí algo.

Nunca iba a conseguirlo. Nunca iba a convencerlo.

Porque él no estaba intentando entenderme. Para él todo eran excusas.

Estaba intentando reafirmarse.

Reafirmarse por encima de mí.

Porque donde ya mucha gente en mi día a día hay cientos de personas que me observan esbelta y atlética, él sólo vio una chica que estaba todavía gordita y necesitaba preparador.

Para rematar ese día entré a su tienda con un shaker de una marca de bajo prestigio pero que es barata y resuelve. 

Y yo…

Yo estaba intentando conseguir una validación que esa conversación nunca iba a darme.

Me abrió la puerta de la tienda casi sacándome.

Cómo pensando: “madre mía esta tía… más perdida…”.

Y cuando salí me fui a un parque y lloré.

No por él.

Sino porque me di cuenta de cuántas veces he hecho esto en mi vida.

Cuántas veces he dudado de mí.

Cuántas veces he entregado mi criterio porque alguien hablaba con mucha seguridad.

Cuántas veces sabiendo yo ya lo que me funcionaba cambiaba mi estrategia por escuchar a personas como él.

Que como “se veían mejor que yo” me hacían dudar.

Que por haber llevado a cientos de personas en preparación ya se creen que han conocido todos los casos que existen.

Sin saber lo que es una mujer con obesidad y depresión.

Sin pensar que el tipo de mujer que me llega a mí él no la puede conocer porque básicamente las mujeres que me llegan a mí son mujeres que jamás se sintieron escuchadas y entendidas por un dietista o entrenador.

Y de alguien como él huyen.

No porque sea mal preparador.

Sino porque cuando contratas a alguien eliges a alguien que conozca tu trasfondo como nadie.

Y no dé por supuesto que cuando estás “estancada” es que solo pones excusas.

Cuántas veces no habré yo analizado y reanalizado cómo estaba haciendo las cosas aquí en este proyecto para asegurarme que sí se estaba adaptando a la mujer que viene a mí.

Y ese tipo de preparadores se conforman con “me pagó, le mandé el plan y si no lo hizo es cosa de ella…”.

Nunca entonar el “¿Estaré haciendo las cosas bien?”

Pero claro, hace falta ser muy inteligente y muy consciente para hacer autocrítica y autorevisión.

Nunca pensé que después de nueve años de dieta y entrenamiento… 

Nueve años después de haber cambiado radicalmente, me volvería a sentir tan juzgada por mi cuerpo como una chica que no sabe nada.

Como si FUERA NORMAL que un día entre en una tienda de fitness una chica pidiéndote exactamente 60 gramos de whey.

Cuántas veces me habré denigrado así… pensé…

Cuántas veces he dudado de lo que yo sabía por seguir viéndome estrías y celulitis…

Cuántas veces he pensado:

“A lo mejor el problema soy yo.”

Hasta que, una vez más, acababa volviendo a mí.

Volviendo a usar mi propio conocimiento y dejando de escuchar a los demás.

Porque nadie más sabía implicarse con mi cuerpo y mi cambio físico como yo.

Porque era yo quien habitaba este cuerpo.

Era yo quien pesaba cada gramo de comida.

Era yo quien sabía cada paso que hacía.

Era yo quien registraba cada entrenamiento.

Era yo quien llevaba miles de fotografías documentando un proceso que nadie más estaba viviendo desde dentro.

Y entonces entendí cuál había sido mi verdadero error.

Porque en mi camino, cada vez que confié en mí y en mis conocimientos, todo salía bien.

Mi error fue creer que tenía que justificarme.

Porque mientras hacía trabajo en mi cuerpo a veces tenía miradas encima de “Bueno… pero llevas mucho tiempo en esto y no te veo cambios…”.

Y yo sentía que tenía que explicar que sabía lo que hacía.

Explicar por qué hacía lo que hacía aunque no siempre fuera consecuente con el mensaje de nutrición predominante en redes sociales.

Que error tan grande justificarte…

Porque cuando alguien ha decidido quién eres en los primeros treinta segundos…

No existen los argumentos suficientes para cambiar su opinión.

Ni diez.

Ni cien.

Ni mil.

Te está juzgando por la foto que tiene delante.

He salido de ahí casi derrumbando nueve años de trabajo creyendo que yo era la “mala preparadora”.

Cuando en verdad un preparador que te juzga tan rápido y te dice que no sabes nada lo que demuestra es que es él el que no sabe.

Y que es un corto de miras.

Conciencia muy, pero que muy limitada.

Imagínate sólo por un segundo que yo entro en esa tienda y yo NO soy una chica que quería bajar de peso.

Sino una chica que hubiera pasado por años de anorexia y que ese punto físico que yo tenía en ese momento era el mejor de mi vida. Con el peso que tenía y la grasa que tenía.

Y que ese cuerpo que él estaba juzgando para mal. Para mí era el mayor logro de mi vida.

¿Sabes lo que sería soltarle eso a una chica sin conocer su historia?

Una brutalidad, ¿no?

Pero cómo no me di cuenta antes…

Ah, claro.

Porque una vez más quería la validación externa.

Para sentir valioso mi conocimiento como profesional…

En fin…

Toda esta situación que viví y el error que cometí me recordó precisamente al error que cometen todas las mujeres que empiezan un cambio físico.

Porque ellas hacen exactamente lo mismo.

Empiezan una dieta.

Y cometen el mismo error básico:

Anunciarlo.

En el trabajo.

En casa.

A los amigos.

En redes sociales.

Y, de repente…

Empiezan los comentarios.

De todos los que creen que saben porque “ellos están bien”.

Y te ven que quizás tú no avanzas lo rápido que se debería acorde a su criterio.

“Eso no te va a durar.”

“Así no se adelgaza.”

“Come un poco más.”

“Come un poco menos.”

“Estás obsesionada.”

“Eso son excusas.”

“Hay que comer de todo.”

“Por comerte ese donut es que estás gorda.”

“Por comerte este pastelito no te vas a engordar.”

“¿Ah? ¿Engordas cuando te estresas? A mí también me da por comer más cuando me estreso…” 

(Como si todas las mujeres en respuesta al estrés comiéramos más…)

Opiniones.

Opiniones.

Opiniones.

Opiniones.

Que sólo te marean.

Y poco a poco dejan de confiar en ellas.

No porque el plan fuera malo.

Sino porque han entregado su confianza a personas que nunca tuvieron intención de comprenderlas.

Has abierto de pleno la puerta a los saboteadores.

Hoy entendí algo que me habría ahorrado muchísimo sufrimiento hace años.

No todo el mundo merece una explicación de tu proceso.

Hay personas que preguntan para comprender.

O para conocerte.

Y hay personas que preguntan para juzgar.

Aprender a distinguirlas también forma parte del camino.

A mí por suerte los comentarios de los saboteadores sólo lograron atrasar mi cambio físico pero nunca truncarlo, porque yo siempre tuve claro que iba a seguir sin parar basta conseguirlo. Y sabía perfectamente que lo iba a conseguir sin importar cuánto tiempo me tomara.

No obstante, los comentarios sí me han afectado a la hora de sacar adelante este proyecto. 

Por sentirme impostora. Por no estar yo perfecta. Por no tener el cuerpo perfecto.

He permitido que mi cuerpo dictara sentencia sobre lo que yo sabía. 

Me ha dado infinita vergüenza exponerme sin estar yo acabada. Me ha dado infinito dolor ver cómo a veces yo transmitía mi conocimiento y las personas me dejaban hablar como un loro pero que en el fondo echaban una mirada a mi cuerpo de arriba abajo y pensaban: “Esta no tiene ni idea. Por eso está así.”

Sin pararse a pensar en mi historia y en los más de 40 kg que me he quitado de encima.

En las cientos de horas de estudio y análisis. En las cientos de experiencias vividas conmigo y otras mujeres…

Qué importante es saber cultivar la autoestima verdad.

A mí estar obesa nunca me afectó para sentirme guapa y atractiva. No había relación en eso.

Pero estar con sobrepeso sí me afectó para sentirme merecedora de ayudar a otras personas.

Pero eso se acabó.

Quizás ahora me es más fácil decirlo porque ya llegué al punto físico que siempre soñé. Un cuerpo donde casi se me marcan los abdominales.

Pero sin duda alguna esta experiencia vivida me acaba de recordar que cómo de curioso es que siempre tiene tendencia a sentirse impostor el que más explora, más se equivoca y el que más sabe.

Puedes saber el conocimiento que tiene una persona con lo fácil o rápido que te juzga o te corrige.

Estoy agradecida con esta experiencia. 

Porque acaba de hacer por mi autoestima lo que no hicieron ver unos 50 kg en báscula ni verme los abdominales.

Así que, si estás empezando un cambio físico…

Déjame decirte algo que ojalá alguien me hubiera dicho a mí hace muchos años.

Lo que quieras que salga bien… protégelo.

No lo cuentes.

No porque tengas que esconderte.

Sino porque los procesos frágiles necesitan raíces antes que aplausos.

No anuncies cada paso.

No busques convencer a quien ya ha decidido que sabe más que tú.

Haz tu trabajo.

En silencio.

Registra.

Aprende.

Corrige.

Confía.

Y deja que los resultados hablen cuando estén preparados para hablar.

Porque hay una verdad que hoy, llorando en un parque, por fin entendí.

La mayoría de las personas no abandonan sus sueños porque no sean capaces.

Los abandonan porque dejan que demasiadas voces apaguen la única que realmente necesita seguir viva: la suya. 

Estoy agradecida con esta experiencia. 

Porque me ha recordado por qué este proyecto debe existir: por vosotras. ❤️

Sobre la autora:    Gaby Palmera

Persona, Ingeniera, Dietista, Entrenadora personal y Atleta.
Fundadora de Fitness Real para Chicas Reales®.
Un día toqué fondo en mi salud y eso fue el desencadenante para decidir dejar todo lo que yo creía que era mi vida atrás y empezar un nuevo rumbo. Creé este proyecto para sanarme a mí y extenderlo a todas las personas que lo deseen :)

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